René Montante, tolerante, bondadoso, comprensivo y simpático
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02 October 2019
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Fue el autor del método para resolver ecuaciones simultáneas

 

Por Oscar Díaz Salazar 

El método para resolver ecuaciones simultáneas denominado “Método Montante”, por el apellido de su autor, René Montante, solo se enseñaba, en 1985, en la Facultad de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (FIME) de la UANL, en el Tecnológico de Monterrey (ITESM) y en Harvard.

Esa aportación a la matemática era motivo de orgullo para los estudiantes y maestros de FIME, Facultad en la que cursó su primera carrera el Ingeniero Mecánico y Eléctrico René Montante, quien después cursó la Licenciatura en Matemáticas en la Facultad de Matemáticas de la Autónoma de Nuevo León.

Yo tuve el privilegio de ser alumno y aprender el Método Montante con su creador, el Ingeniero René Montante, a quien recuerdo con mucho afecto y dedico estas líneas con motivo de su fallecimiento.

Lo recuerdo caminando por los pasillos de “Aulas 2”, el edificio donde se impartían las materias del tronco común para los (futuros) ingenieros, con su invariable vestimenta de pantalón negro y camisa tan blanca como su alma. Por su estatura, su atuendo y su fisonomía, era motivo de curiosidad para los estudiantes que recién se integraban a la comunidad de los Osos. La leyenda que se compartía de boca en boca para explicar su semi luto permanente, señala que en sus primeros años de catedrático, era tan exigente con sus estudiantes como lo fue consigo mismo, y tras comentar que se tituló con honores y obtuvo el premio al saber de su generación, se contaba la historia de uno de sus alumnos que le solicitó, sin éxito, un incremento en la calificación final, que fue rechazado por el entonces inflexible Profesor Montante. La versión, que nunca tuve oportunidad de confirmar o negar, refiere que el muchacho brillante pero inestable emocionalmente, decidió arrojarse del tercer piso para no pasar la vergüenza de tener una calificación NO perfecta.

Esa tragedia dicen que cambio la vida del Ingeniero Montante. De ahí en adelante se vistió de semi luto, profundizó sus convicciones religiosas y se convirtió en un individuo sumamente tolerante, bondadoso, comprensivo, agradable y muy simpático.

Sus alumnos recordamos con mucho cariño sus frases, como esa que nos decía a manera de amonestación cuando aplicaba exámenes y advertía en tono que pretendía ser enérgico: “al que se copie le pongo setenta”

Hasta para un “ateo” convencido de la necesidad de separar la religión de la educación (por lo menos la pública que imparte el estado), era divertido escuchar al Maestro Montante cuando hacía malabares para hablarnos de “Diosito”, así con mayúsculas y en diminutivo, como El lo hacía, e intercalar sus sermones con expresiones algebraicas, potencias, índices, formas canónicas y simplificaciones matemáticas.

Desde el inicio del semestre, un semestre escolar de mediados de los ochentas, “Güelito Montante”, como le decíamos de cariño muchos de sus alumnos, anunció que la sesión de los viernes era de asistencia voluntaria, que ese día no se pasaría lista y que lo dedicaría a platicar de Diosito. Confieso que el primer viernes asistí con ánimo rijoso, de mi parte, con ganas de debatir. Ese primer viernes que fui al “catecismo”, como le llamaba el Ing. Montante a la clase de los viernes, pude constatar la frase que señala, con mucho tino, que se requiere de dos para tener un pleito. Con sonrisas, con frases muy amables, con mucho respeto, con tolerancia, con ocurrencias, con simplezas, con inteligencia, con afecto y con abundante amor y bondad fue desarmando los ánimos belicosos de los alumnos que no compartíamos sus creencias.

Recuerdo la capacidad de reírse de sí mismo. Sin recordar los detalles, guardo en mi memoria la sesión de “catecismo” en la que nos compartió que se mantenía célibe. Mucho nos reímos con él de las tentaciones que tenía que superar para mantener su “ayuno”.

El Ingeniero Montante tenía una mente privilegiada y un corazón muy grande. Aunque solo fue mi maestro durante un semestre, lo recuerdo con mucho afecto.

Sirvan estas líneas como un modesto homenaje de uno de sus alumnos que admiraba su inteligencia y méritos académicos, que compartía su “gusto” por las matemáticas, que apreciaba su bondad, su sentido del humor, su humildad y tolerancia.

Expresó mis condolencias a sus deudos.

Septiembre de 2019

 

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